Te haré algo que nadie te hizo…

Estaba yo viendo una película pornográfica, aunque no es algo que haga habitualmente, podéis creerme –bueno, podéis creer lo que queráis, faltaría más. Sin embargo aquella película en cuestión tenía una particularidad que la hacía objeto de mi curiosidad: Estaba realizada en 1.912. Sí, efectivamente, el año que zarpó el Titanic o asesinaron al presidente José Canalejas, hace la friolera de algo más de 100 años.

Los cuerpos (aunque ahora aparecían desnudos), el maquillaje, los peinados, los decorados, el estilismo y toda la puesta en escena correspondían fielmente a los de esos celuloides mudos y rancios de los albores del siglo pasado que tantas veces vimos de la mano de Charlie Chaplin o Buster Keaton. Sin embargo, lógicamente, la “trama”, las actitudes, podían ser –eran- perfectamente las mismas de una “peli porno” actual. Y lo digo así, porque quiero resaltar el hecho de que allí no vi nada nuevo, aunque sería más correcto decir que en 100 años no hemos inventado apenas nada nuevo en ese campo. Si acaso la nata desnatada.

Quizá no es aventurado suponer, apoyado en esto, que en épocas pretéritas como la Edad Media o el Imperio Romano las cosas no debieron ser muy distintas, aunque no haya quedado testimonio cinematográfico. Zoofilia, necrofilia y otras aberraciones sexuales aparte, claro.

Esto me hizo reflexionar. Los Humanos llevamos toda la Historia basando nuestra sexualidad en tres o cuatro puntos concretos del cuerpo propio o de la pareja, son lugares sagrados de placer, culto y adoración. Cualquiera de los cinco sentidos que apliquemos a estos puntos o sus alrededores, desencadena todo el ancestral ritual sexual humano. A veces, ni siquiera eso, pues basta el simple pensamiento, imaginación o fantasía basados en ellos. El resto ya lo conocéis, no entraré en detalles.

Pues bien, esos templos de peregrinación, esos tótems bendecidos por el dios Eros, esas Maravillas que la Naturaleza nos ha concedido, tienen un problema y es que son los que son. Quiero decir que son los mismos tres o cuatro desde que apareció la Especie sobre la faz de la Tierra e intentar “sexuar” a cualquier otro órgano corporal podría hacernos caer peligrosamente en el fetichismo. Así que –y con esto concluyo mi reflexión- que mientras que los cuerpos de los hombres y las mujeres no desarrollen nuevos agujeros o nuevas protuberancias, poco o nada se podrá innovar a lo ya conocido en los últimos, pongamos, 5.000 años.

Eso sí. Estoy de acuerdo con aquel tipo repipi del fondo que dice que aún podemos avanzar en el tratamiento sensual e imaginativo de los apéndices y oquedades ya existentes. Yo también lo creo, pero eso tal vez nos alejara del tema de la pornografía que es el que nos ocupa para adentrarnos en el del erotismo, y eso no toca hoy.

Yo lo hago, yo lo deshago.

Recuerdo cuando jugábamos de pequeños y habíamos construido algo, yo qué sé, por ejemplo, una máquina de Lego o un Exín castillo o, simplemente, un castillo de arena o de naipes, y una vez aburridos ya del juego, nos dábamos un último momento de satisfacción. Decíamos: “Yo lo hago, yo lo deshago”….o también ”Yo que lo he hecho, yo que me aprovecho”,  mientras que lo desbaratábamos todo, con cara de perverso goce e incluso de cierto vicio.

Teníamos un indudable gusto por edificar pero también, a la vez, un menos comprensible deleite por el derribo. Se podría pensar que todo aquello que cuento se trataba de una niñería si no fuera porque esa inclinación a erigir y, a continuación, demoler lo levantado, es el antecedente de un preocupante síndrome que se mantiene en la madurez.

Vamos a la actualidad. Estamos viendo estos días como los mismos politiquillos y enredadores  (me niego a llamarles empresarios) que perdían el culo por salir en la foto con Urdangarin y se castigaban los lumbares con reverencias ante el antiguo jugador de balonmano y después cuñado del rey, y que consiguió pingües beneficios gracias precisamente a la pleitesía de todos estos palmeros, hoy que ha caído en desgracia, son los primeros en atacarle y negar su relación con él. Vade retro Satanás.

Ese regusto por crear y levantar ídolos para después defenestrarlos, es algo que se entiende aún mucho peor en la gente de a pie. Esa persona que surge de entre la multitud vociferante para propinarle un tirón del moño a la Pantoja a su entrada en los juzgados, es para mí tan incompresible como aquella que la espera a la salida de la cárcel para aplaudirle.

El papel vital de ese mequetrefe que da un paso al frente de la muchedumbre, unas veces para linchar y otras para hacer la ola a quién ni le va ni le viene, me resulta tan sorprendente que trato de imaginarlo dentro de la vida cotidiana del sujeto.

  • Mamá ¿A dónde vas?
  • Primero voy a la pelu y, después, a INCREPAR a la Pantoja. ¡Pues no soy yo nadie!…

Un papelón, vaya.

Debe ser que hay algunos Don Nadie que tienen una necesidad imperiosa por salir en pantalla, como extras o figurantes de una vergonzosa escena ya sea de escarnio público del personaje caído en desgracia o, por contra, de incondicional seguidor o acérrimo fans, si es que el ídolo sigue en la cresta de la ola.

Da igual, el caso es mantenerse dentro del encuadre. Esa gente anónima conforma también lo que llamamos “El Pueblo” y el pueblo siempre tuvo muy buena prensa. Por inculto que sea, el infalible pueblo todopoderoso, lo mismo envía al Chiquilicuatre a Eurovisión, que determina sus famosetes y princesas (del pueblo, claro) e, incluso, elije al Presidente del Gobierno. Después, ese mismo pueblo, si le vaga, con el mismo ímpetu, los derriba de los pedestales que el mismo le levantó, los vilipendia y los convierte en patos del pim-pam-pum. Yo lo hago; yo lo deshago, dice la inapelable voz popular.

Es la gente con ansias de protagonismo la que convierte al pueblo llano en populacho.